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Por una profesión humanística PDF Imprimir E-mail
Martes, 23 de Diciembre de 2008 15:47
Por Marcos Marín Amezcua. 
Ponencia presentada por Mtro. Marcos Marín en el 1er Encuentro Iberoamericano de Abogados,  organizado por la Universidad Franco-mexicana, 15 de julio 2005.

El Derecho es una profesión de reyes, decía Alfonso X el Sabio, con lo cual ya podemos imaginarnos la importancia que nuestra profesión tiene por sí misma, y la enorme responsabilidad de la que somos herederos quienes hemos escogido esta actividad como nuestra forma de vida.

Es una ciencia con solera, una actividad intelectual de primerísimo nivel y disciplina de gran relevancia, poseedora como pocas creaciones intelectuales del Hombre, de un enorme prestigio. Es un referente social obligado.

Seamos conscientes de aquella máxima de San Agustín, padre de la Iglesia, cuando advirtió que un pueblo sin Derecho, es un pueblo de ladrones. De allí la importancia que tiene que los abogados actuemos apegados a la ley, convencidos sin tibiezas ni titubeos de la importancia que tiene apegarnos a la norma establecida y de clamar para que la sociedad en su conjunto y las personas en lo particular, se sometan a los mandatos legales, que se acatan, que no están por el libre e irresponsable arbitrio de cualesquiera que los quiera brincar. Hay que decirlo así, con palabras llanas que todos entendamos.

La ciencia del Derecho no tiene porque estar encriptada en su lenguaje para que sólo sea conocida por los entendidos. Seamos generosos y compartámosla con la sociedad a la que va dirigida. Eso nos tornaría en personas más humanistas, que comprendemos -gracias a haber estudiado el Derecho-, que es una ciencia destacada en función no de que somos abogados, sino en función de que es una ciencia que esta para servir y para preservar a la sociedad. ¿ Los abogados somos conscientes de esta realidad?  Asimismo ¿Es nuestra responsabilidad que sea así? ¿Somos fieles al espíritu humanista que nutre y cimienta nuestra profesión?  ¿Acaso nos habremos entregado al dinero fácil, a la retórica de que el Derecho empieza y acaba sólo y únicamente en los tribunales?  ¿Nos hemos limitado a  considerar erradamente que un abogado sólo es quien se presenta en los tribunales?  ¿No estaremos acortando los enormes y sublimes alcances de la disciplina jurídica, para reducirlos a nuestro empeño irredento en ganar y ganar dinero, sirvamos o no a la sociedad a la que nos debemos?

Cuántas reflexiones, cuántas inquietudes podemos plantearnos cuando tenemos la estupenda oportunidad de asistir a jornadas que nos acercan al pulso que guarda el Derecho. Debemos por ello, contestar todas las preguntas antes aquí formuladas.

¿Qué queremos los abogados en este mundo frenético y globalizado?  ¿Qué necesitamos para desarrollarnos? ¿Qué tenemos que cambiar, si queremos seguir siendo competitivos?

Qué sentido tiene estudiar Derecho si limitamos nuestro ejercicio a los tribunales, que son en algún momento de nuestra carrera, el foro idóneo pero no único, en que debemos forjarnos. No cabe duda que son los sitios en que se templa el carácter. No podemos dejar de pasar por los tribunales, pues erraríamos de manera absoluta tanto como si el médico no pasara por los hospitales.

Pero ser licenciado en Derecho es más que eso. La formación de nuestra carrera nos lo dice a cada paso. Por ser una carrera muy completa, especialmente solicitada, por estar revestida de un halo de satisfactores, cultura y desarrollo intelectual en favor de quien la estudia y aprende, la ejerce y se enriquece con su acervo y su visión de la vida, es que la profesión que esta tarde nos trae aquí, debe despertar en nosotros inquietudes humanistas, pues sin humanismo y sin consideración al género humano, el Derecho no tiene sentido, así comparezcamos a mil audiencias en tribunales y ganemos todos los juicios habidos y por haber. No podemos olvidar esto. De nada serviría nuestro denodado esfuerzo.

Definir a un licenciado en Derecho no puede permitir exclusiones de ningún tipo. Menos a un abogado que se entrega a esta profesión. No cabe entonces decir que licenciado en Derecho es cualquiera y el abogado no. Eso son una falacia y una patraña insostenibles ¿Por qué?  Por el simple hecho de que la profesión nos nutre de infinidad de visiones de lo que supone la convivencia de los seres humanos. Allí radica parte de su riqueza. El Derecho, para quién quiera verlo, también pasa por las relaciones del poder, la concepción de leyes, instituciones y órganos diversos del Estado; en todos estos caso son y han sido sus hacedores, licenciados en Derecho.  Pasa por la percepción de relaciones sociales complejas y pasa igualmente, por enfrentar intentos por resolver la complejidad de la sociedad, por una compleja naturaleza.

Si el abogado pasara sólo por tribunales, qué sentido tendría, cuál distancia guardaría respecto a simples tramitadores de asuntos o improvisadores de soluciones fáciles. Si pensamos que estamos lejos de ser meros tramitadores, ergo reconozcamos que el Derecho es una ciencia liberal que nos abre un vasto panorama intelectual y que se muestra como una de las profesiones más destacadas y versátiles del saber humano. Como pocas los son dónde las haya.

Es una disciplina que nos proyecta a los tribunales, de categorías, competencias  y alcances diversos, a la docencia, la investigación y la consultoría. Pasa inevitablemente por el orden social, la confección de relaciones de poder y la percepción del ejercicio del poder por parte de la autoridad. Se inserta en la idea de Estado y la política en que se sustenta. El Derecho perfecciona la expresión humana y nos conduce a mejorarla, a fijar las ideas y a evitar escribir con la punta del paraguas, al mejorar nuestra ortografía gracias a la lectura, permitiéndonos una expresión adecuada. ¿Cuántas profesiones pueden presentarnos tan variada gama de posibilidades? Lo sabemos bien, la respuesta la conocemos: Muy pocas tienen esa posibilidad. ¿Cómo pretendemos ser una profesión respetada, que contribuya de manera decidida al orden social, si acortamos nuestra idea sobre ella y la limitamos a comparecer en audiencias?  El abogado no puede voltear a otro lado, evadiendo la respuesta que sabe bien.

Para ser un abogado más humanista, se requiere que asumamos primero el valor de la educación recibida. En doce años como docente, he escuchado reiteradamente, una patraña que es vergonzosa: Que la educación universitaria que todos recibimos, es apenas una “embarrada” casi inútil de conocimientos. Tan pobre percepción de nosotros mismos, de nuestro esfuerzo y de la propia Universidad, haría palidecer a Papas y a Emperadores, filántropos y grandes pensadores que han forjado a lo largo de más de mil años, esa idea de la Universidad, la cátedra misma del Derecho y a cientos de abogados ante el empobrecimiento de nuestra propia imagen. La docencia, la trivialización del conocimiento, la irresponsable postura de quienes afirman lo que acabo de mencionar, dañan en conjunto a la esplendorosa tradición del Derecho.

Desde esta tribuna sepámoslo de una vez por todas: ni hay buenas ni malas universidades y ni buenos y malos profesores por principio; los hay en todas partes. Decir lo contrario es una gran mentira. La tarea es esmerarse en evitar que se degrade el esfuerzo por impartir y aprender el Derecho.

Los abogados sabemos perfectamente que si no tenemos una formación que valoremos, es culpa compartida de profesores y alumnos. Si hemos sido debidamente instruidos, no podemos decir que la educación en las aulas ha sido nula o inútil.

Pensar que la Universidad es mero trámite, es echar por la borda la tradición romana, la Universidad de Salamanca, la Real y Pontificia Universidad de México, al  Ilustre y Real Colegio de abogados de México y a todos los abogados capaces y comprometidos que nos demuestran la trascendencia del saber jurídico, en una sociedad que quiere ser convivencia ordenada y comprometida con el progreso.

Se repite penosamente que la Universidad, cualquiera de ellas, es mero trámite. Triste Universidad tendremos si únicamente se limita a dar títulos profesionales, cuando los da y a veces. Si pensamos que ese es el papel de la Universidad, estamos condenándonos nosotros mismos. Estaremos en presencia de nuestro mediocre futuro. ¿Eso queremos? Tengamos presente que un valor máximo de la Universidad consiste en que cambie nuestra percepción del mundo. Por ello es sorprendente, y nos hace enmudecer, el escuchar a un abogado que dice que a sus pasantes no les paga o que los explota pues a él también lo explotaban y que ya es suficiente paga que aprendan a su sombra. Hay que tener mucha cara y poca vergüenza para sostener semejante postura, impropia de un abogado. ¿Tenemos que cargar con los traumas de nuestro jefe y endosarlos a las futuras generaciones? De ser el caso, entonces de nada sirvió allí sí, pasar por la Universidad, pues no somos capaces de si quiera, cambiar en algo el entorno que nos rodea. ¿Perciben, identifican lo que quiero decir?  Si la Universidad no nos mueve ni nos conmueve a cambiar nuestra vida, a dotarla de humanismo  y con ella, la de los demás para mejorar, entonces la Universidad es ociosa y ha fracaso inexorablemente en sus propósitos. Una idea responsable y humanista del Derecho, nos impide aceptarlo en esos términos.

¿Qué espera nuestra profesión en la actualidad? ¿Qué queremos los abogados ante la realidad poco comprometida de hoy? Parece que hoy lo es nada o poco comprometida con el estudio, el formalismo y el valor de la palabra, la discusión, el acuerdo. Tan carentes de valores éticos reconocidos estamos  y ante el ejercicio de abogados que presumen de serlo y están lejanos de una ética mínima que los hace impresentables ante nosotros. Estas inquietudes no son ociosas. Y son muestra de un fenómeno de dejadez, presente en todo el espectro educativo.

Necesitamos no abogados de relumbrón, no profesores que exhiban la soberbia de sus cinco minutos de suerte, del desplante de los litigantes que presumen de los mil casos que ganan, sin reparar en que alguien debe estar perdiendo los juicios, pues hay contrapartes y resulta que ellos nunca lo son. Solo ganan, nunca pierden. ¿Será verdad todo cuánto nos cuentan?

¿Qué necesita en cambio esta profesión?  Abogados que lean, abogados que estudien, abogados comprometidos con los distintos aspectos formativos y profesionales de su profesión y que respeten la profesión, que no la vulgaricen y que mantengan el puesto que ocupa en la intelectualidad humana. Abogados con decoro, preciosa y urgente palabra, que no consientan tomaduras de pelo, injusticias y chapuzas de toda índole, que acepten su papel mediador sin cortapisas y no consientan de ninguna manera, que se mancille la palabra Derecho. Pero que tampoco se corrompan y que siempre sepan estar en su sitio. Se necesitan abogados que estudien idiomas, que sepan que la verdadera competencia está en las calles, en distintos escenarios, pero no abandonen el poderío que les otorga la academia cuando pasan por ella. Ser competitivos, que saben utilizar las ventajas de la tecnología, incorporada al Derecho y su ejercicio sea eficaz, que acepta retos sin olvidar la quintaesencia de su profesión, antes que nada.

Estos son los retos que hoy tienen los abogados. Si no se entregan una vez más al estudio y se quedan sólo con los apuntes de clase, con la idea de que el sistema de justicia no tiene por que ser eficaz y no aceptan que su profesión requiere de grandes reformas en la actualidad, sin perder sus valores humanísticos que le dieron el brillo y relumbre de siglos atrás, nuestros abogados estarán condenados a simplemente, ser peones de segunda en el ajedrez de la vida.

Nuestra profesión debe resolver problemas, no intentar ser divertida ni en las clases ni en el estudio, para no trivializarla. Está para ser útil no para entretener a profesionistas y estudiantes. No hay más. Así de sencillo. El Derecho está concebido para convivir y para enseñar, no para hacer clases divertidas. No está peleada con el dinamismo, pero no podemos equivocarnos.

Se deben inculcar valores éticos. Ello, por el simple hecho de que una vez fuera de la Universidad, el abogado podrá o no seguirlos, esa es su libertad más absoluta, pero no podrá decir que no sabía de ellos. Mirará confiado al horizonte y se preguntará si lo ha hecho bien. Comparto la opinión de quien señala que cuando un político se mete en los bolsillos hasta las ligas, sin recato ni vergüenza que asome por su cara, a la vista de todos, algo en verdad ha fallado en este país.

Compañeros asistentes a estas jornadas:

Somos parte y herederos de una enorme tradición intelectual. Somos parte de una profesión humanística de primer nivel y que no puede darse el lujo de quedarse atrás en los avances teológicos, pero ante todo, debemos recuperar para nosotros la visión humanística, permítaseme que insista en ello, es decir, de ver por los otros, a favor de la propia sociedad a la que nos debemos y que tanto espera de nuestro desempeño. Ese es el reto.

Última actualización el Martes, 23 de Diciembre de 2008 15:59